Gertrudis: La pequeña Tula y la Peregrina Enamorada

Gertrudis: La pequeña Tula y la Peregrina Enamorada

Narradora, excelsa poetisa y dramaturga cubana, Gertrudis Gómez de Avellaneda está considerada una de las principales escritoras del romanticismo en lengua española del siglo XIX.

Sus textos llenos de pasión y provocación, cuestionadores de la subordinación de la mujer, fueron también considerados el inicio de un camino hacia la modernidad y la liberalidad de las féminas de su tiempo.

De formación neoclásica, la Avellaneda fue valorada en su época como una de las figuras clave del romanticismo hispanoamericano y el tratamiento que dio a sus personajes femeninos la convirtieron en una de las precursoras el feminismo moderno.

La niña Tula

Tula, como la llamaba cariñosamente su familia, nació el 23 de marzo de 1814 en Santa María del Puerto de Príncipe, hoy Camagüey. Su padre era un oficial de la Marina española llegado a la isla en 1809, y su madre, una criolla de pudiente familia.

Muy tempranamente comenzó a escribir; si se atiende a lo declarado en páginas autobiográficas, antes de cumplir los nueve años construía versos apasionados.

Estudió francés y realizó abundantes lecturas (principalmente de autores españoles y franceses) en su ciudad natal.

En 1840, Gertrudis se trasladó a Madrid, donde vivió años intensos, no sólo en el aspecto literario, sino también en el personal.

La Peregrina enamorada

El ambiente cultural de la ciudad andaluza propició la creación literaria de quien, bajo el pseudónimo de “La Peregrina”, escribió con gran éxito en periódicos y revistas. En esta primera etapa como escritora en España, Gertrudis conoció a Ignacio de Cepeda, su gran amor y su fuente de tristeza, pues su pasión no fue totalmente correspondida.

Mientras se hacía famosa con sus poesías, conoció al poeta Gabriel García Tassara con el que tuvo otra tortuosa relación que terminó con un embarazo. Soltera y encinta, Gertrudis llegó a pensar que era el fin de su carrera literaria y así lo plasmó en su obra Adiós a la lira.

Por suerte, su situación personal no afectó su carrera literaria como ella temía. En 1845, recibió dos premios del Liceo Artístico y Literario de Madrid y se situó a la cabeza de los principales escritores del momento.

Poco después nacería su pequeña María, a la que llamaba cariñosamente Brenhilde. Gertrudis sufrió la desesperación y una profunda tristeza al ver morir a su pequeña siete meses, sin que el padre la conociera.

Son escalofriantes las cartas escritas a Tassara para pedirle que vea a su hija antes de que muriera, para que la niña pudiera sentir el calor de su padre antes de cerrar los ojos para siempre.

Aplaudida en lo profesional, pero sola en su vida sentimental, Gertrudis aceptó un matrimonio con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid. Estas primeras nupcias tampoco le dieron la felicidad. Seis meses después, Sabater murió súbitamente.

En 1944, prologó el Viaje a La Habana de la Condesa de Merlín, con quien compartía su condición de mujer escritora y de cubana residente en Europa. De 1846 a 1858 estrenó cerca de 13 obras teatrales con gran éxito de crítica y de público. Hacia 1853 intentó ingresar en la Real Academia Española (RAE), lo cual le fue denegado por ser mujer.

Los misóginos académicos de entonces no permitieron que una mujer ocupara una silla reservada exclusivamente para ellos. No fue hasta 1979 que una fémina, Carmen Conde, pudo entrar a la RAE, como académica.

Su vasta obra

En el verano de 1840, estrenó en Sevilla su primer drama titulado Leoncia.

En Sab (1841), que trata el tema antiesclavistala, Avellaneda aprovecha los desengaños amorosos de dos personajes para identificar el destino de una blanca y un mulato (ninguno de los dos pudo ser feliz por causa de los convencionalismos sociales).

Dos mujeres (1842-1943), acude a reflexiones valientes sobre la condición social de la mujer y se pronuncia contra el matrimonio aceptado como un contrato social indisoluble.

Sin embargo, la novela histórica Guatimozín o el último emperador de México (1845) cosechó mejores elogios de la crítica, sobre todo, por el tratamiento del tema indigenista y por su acercamiento a la historia de la conquista de México.

Mientras, sus piezas Espatolino (1844) y El artista barquero (1861) son protagonizadas por el esclavo, la mujer, el bandolero y el artista, sujetos desplazados por la sociedad.

En 1845, obtuvo los dos primeros premios de un certamen poético organizado por el Liceo Artístico y Literario de Madrid, momento a partir del cual la Avellaneda figuró entre los escritores de mayor renombre de su época, convirtiéndose en la mujer más importante de todo Madrid, después de Isabel II.

Entre sus comedias, cabe destacar La hija de las flores (1852). En 1860, escribe La mujer, serie de artículos en los que plantea la igualdad intelectual entre mujeres y hombres, e incluso la superioridad intelectual de ellas: “No ya la igualdad de los sexos, sino la superioridad del nuestro”.

El consuelo del regreso a su patria ·

Tras un segundo matrimonio, regresó a su país natal en 1859, junto a su nuevo esposo, el coronel Domingo Verdugo, y dado su prestigio dentro y fuera de Cuba, al año siguiente fue homenajeada en acto público celebrado en el teatro Tacón de La Habana, y allí fue coronada por la poetisa cubana Luisa Pérez de Zambrana, a quien la Avellaneda prologó su libro Poesías, ese mismo año. En la capital habanera, inauguró y dirigió a partir de 1860 el Álbum cubano de lo bueno y de lo bello, una publicación importante para la renovación del gusto literario nacional y la defensa de los derechos femeninos.

Cárdenas y La Peregrina

De 1860 a 1863 vivió en la matancera ciudad de San Juan de Dios de Cárdenas, junto a su esposo, el teniente gobernador de la Villa Coronel Domingo Verdugo, dándole un fuerte impulso cultural a la zona.

Participó en la erección de la primera estatua de Cristóbal Colón develada, pública y solemnemente, en América Latina en una plaza pública, motivo por el cual escribió su Himno al Almirante y la creación aquí de varios poemas y comedias pero, sobre todo, de su novela El Artista barquero o los cuatro cinco de junio, que fue – según ella misma confesó – la primera obra escrita por ella bajo el cielo de su tierra natal.

Recuerdos variados guarda con celo la Avellaneda: el segundo museo fundado en Cuba. Ella asombrada ante la proeza de la joven villa de Cárdenas, que levantó, antes que La Habana y otras importantes ciudades de América Latina, un monumento al Almirante Cristóbal Colón, escribió: “… ¡Oh! ¡Sí! ¡Mira! En tus playas queridas se alza un pueblo nacido ayer que eterniza esas huellas perdidas de su ardor juvenil al poder”.

Fue la madrina de la ceremonia del hospital Santa Isabel de Cárdenas, el primero construido en la ciudad e inaugurado alrededor de 1860.

No le faltarían detalles de la amistad de la poetisa con la familia Rojas, en especial con sus compadres Isabel Cruzat y Urbizo y con Joaquín de Rojas, de quienes se despidió personalmente en 1864, poco antes de partir hacia España, luego de la muerte de su esposo, ocurrida en Pinar del Río.

El viaje final de su vida

En 1863, Gertrudis y Domingo volvieron a España. Ese mismo año, Gertrudis se quedó viuda por segunda vez.

Muerto Verdugo, en Pinar del Río en 1863, regresó a España en 1864, tras pasar por Nueva York, Londres, París y Sevilla. De nuevo en Sevilla, y rodeada de un mundo espiritual y místico, se dedicó a cuidar de la edición revisada de sus Obras literarias. El epistolario y las memorias, publicados póstumamente, permiten comprender cómo sus obsesiones, decepciones e intimidades se manifiestan de múltiples maneras en su obra literaria.

Murió a los 58 años de edad, el 1 de febrero de 1873 en Madrid. Sus restos reposan en el cementerio de San Fernando de Sevilla, junto a los de su esposo y su hermano Manuel.

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